27 DE DICIEMBRE DE 2026

El tren de cercanías aminoró su velocidad cuando se acercaba al andén de la estación de Salamanca. Ángel miró su reloj, las cinco y veinte. Se levantó con una inusitada agilidad, a pesar de los ochenta y cuatro años que cargaban sus esbeltas piernas.
Una vez más visitaba la hermosa ciudad castellana para cumplir con una promesa convertida en tradición. Un corredor que cae; un grupo que se detiene a ayudarlo perdiendo sus posibilidades de victoria; una amistad que se forja; una promesa de volver a encontrarse, año tras año, en la San Silvestre Salmantina.
Ángel nunca había faltado a la cita. Sin embargo, esta vez era diferente. Bajó del tren y exhaló un profundo suspiro. Miró al cielo y sonrió. Al día siguiente él cruzaría solo la meta mientras sus compañeros de antaño lo aplaudían desde la tribuna preferente.