Yo, la verdad, querÃa ganar. Me sentÃa preparado. HabÃa entrenado duro varios meses: cuando acababa mi trabajo en el taller, pasaba por casa, me ponÃa el chándal e iba por la vereda del rÃo hasta Huerta Otea o hasta la Aldehuela. Pim pam, pim pam. Buenos tiempos, buenas sensaciones.
Llegó el dÃa de la carrera y salà con fuerza. Al cruzar la Plaza Mayor iba en el grupeto de cabeza y unos guiris que tomaban café en la terraza del Novelty nos aplaudieron. Pero al paso por Libreros elevé la mirada y la visión de la rana sobre la calavera me dio mal fario. El Puente Romano se me hizo interminable; me descolgué de los más rápidos y enseguida me empezaron a adelantar los seniors, los niños, las señoras que iban de charleta y se habÃan inscrito sólo por aportar a la causa. Intenté al menos acabar: no fue posible.