– Papá, te he apuntado a la San Silvestre conmigo.
El reto era considerable. Sabía que sería agónico. Pero no podía fallar a mi hija.
Empezamos juntos a correr, el ambiente era fantástico. Luego, como la vida misma, tomó su ritmo.
Mis zancadas empezaron a recortarse, mi respiración se aceleraba. No había músculo que no me doliese y el aire se me quedaba muy corto.
Ya no me importaba llegar el último, pero tenía que llegar. Validar mi currículum sentimental paterno.
– No puedo, no puedo…Ya corría, bueno..me arrastraba; sólo.
Pero, de repente, tras alzar la mirada y descubrir la torre de la Fortis Salmantina, una fuerza inusitada me mantuvo en pie.
Es como si me empujaran con su aliento Unamuno, Santa Teresa, Francisco de Vitoria, Gil de Hontañon..
Cien metros antes de la meta se sumo Leire. Llegamos juntos, nos abrazamos. Dejé de fumar.