Una punzante descarga eléctrica golpeó al gemelo de la pierna derecha de Rodrigo. Un kilómetro le separaba del Paseo de San Antonio. “Déjaloâ€, se dijo pensando con lógica en el vil dolor. Por un momento odió al asfalto; al agrio sudor que nublaba su visión impidiéndole abrir los ojos; a la repentina percepción del frÃo invernal. Durante ese fugaz instante, nada tenÃa sentido. “Déjaloâ€, repitió con la vista puesta en la cena de Nochevieja, en la familia, los amigos; en la calidez de la Navidad en general. Pero ni Rodrigo iba a rendirse, ni el gran gentÃo de Salamanca a permitÃrselo. Sus reconfortantes vÃtores eran mucho más de lo que habÃa tenido en situaciones peores durante las largas sesiones de entrenamiento previas celebradas en absoluta soledad espartana. “¿Déjalo?â€, pensó una última vez con congoja; un corredor nunca deja una cita con sus propios objetivos.