Aceleré el paso en la plaza Mayor poniéndome en cabeza.
El panadero como siempre pretendía ganar la carrera, aun cuando el motivo de la misma radica en fomentar la deportividad. Por eso me miró con condescendencia haciéndome correr todavía más.
Pasamos a los pies de la vieja universidad y me fijé en la ranita que descansa sobre la calavera de su plateresca fachada, y como ella salté sobre una lata de cola adornada con el nombre de Alfonso que algún incivilizado había tirado al empedrado de mi ciudad.
He mejorado la zancada pese a respirar dificultosamente, y tengo más aguante que esos presumidos pese a mis setenta primaveras… ¡Fondo! ¡Eso es lo que hace falta para llegar a la meta! Y a buena fe que tengo experiencia, no solo como corredor sino como terrícola que vive en este azul planeta.