27 DE DICIEMBRE DE 2026

Érase, pues, una jornada de fin de año cuando, en Salamanca, aconteció un suceso esplendoroso. Partiendo muchos en tropel del Paseo de San Antonio, emprendieron camino con premura y gran estrépito, y poco tardaron en pasar, en hileras, y apretados unos contra otros, por la gran Plaza Mayor. Pero donde el corazón se me estremeció más, en acordamiento del toro de piedra, fue al verlos atravesar el Puente Romano entre el gentío que aclamaba y aplaudía con júbilo. De tal guisa y entre vítores llegaron a la meta, y hasta el viejo ciego se unió al alboroto, aunque, como siempre, sin saber bien de qué iba la cosa. Allí estaba, palmeando y exclamando con tanto entusiasmo como si él mismo hubiese corrido. Y yo, Lázaro, aguantando la risa, pensé que quizás el viejo merecía un buen tropezón por sus andanzas… pero eso, amigo, es otra historia que contarse ha.