Andrés organizaba eventos deportivos y presumía de estrechar la mano a las principales estrellas de la constelación deportiva internacional.
Paradójicamente nunca había portado un dorsal. Siempre tuvo la incertidumbre de sentirse en la piel de quienes se atrevían con las carreras que él ponía en marcha.
Se decidió cuando, reflejada en el espejo, le pidió auxilio su oronda silueta forjada a base de duras sesiones de sedentarismo y comidas de empresa.
Debutó en su ciudad, en la San Silvestre Salmantina. Rodeado de desconocidos, ataviado con una camiseta y un pantalón corto vio difuminada su imagen de hombre poderoso con traje de marca. Daba zancadas más con el corazón que con las piernas y el avituallamiento a mitad de carrera le supo mejor que el acostumbrado carajillo de sobremesa.
En la meta, su esposa lo recogió literalmente del suelo mientras Andrés, sofocado, sólo acertó a decir: “Cariño, la próxima corres conmigo”.