Tus pensamientos fluyen como el caudal del Tormes en este frígido invierno: descontrolados, desazonados y, a la vez, abrasadores. Se entrecruzan, sin puentes que los unan.
Mareas de individuos asisten a tu desesperación. Te observan bajo los fresnos del bulevar, emplazados junto al Rollo, los más inquisitivos frente a la Catedral.
Quizás puedas atrochar por alguna otra vereda.
Tu corazón es piedra franca, a cada zancada más áspero, más rígido. El Verraco te juzga desde el Mayor; lo percibes: ¿qué haces que no compartes la euforia de los demás?
Engarañada apuras tus últimos pasos. Un corazón que berrea, dispuesto a luchar para llegar a la meta una vez más.