Nunca imaginó la sensación de bienestar que podía proporcionar colocar un dorsal en una camiseta. Correrá muchas más carreras después, pero siempre le sorprenderá que el disfrute comience atravesando un pedazo de papel con unos imperdibles. Tiene frío, piensa que debió vestir una sudadera porque aún ignora el poder de unos guantes y de un gorro. Le duelen los gemelos, quizá se excedió haciendo cuestas, pero su cabeza no sabe negarse todavía a la satisfacción de un buen entreno. En la salida, calla y escucha, fija la mirada en el chip, asegurado entre los cordones de su zapatilla izquierda, mientras dos veteranos hablan de bajar de treinta y cinco. Él los mira con respeto… Es un principiante, un afortunado debutante, preparado para descubrir el poder de la adrenalina, a punto de contagiarse de un maravilloso virus que le acompañará de por vida.