Mi terapeuta lo intentaba, pero es difÃcil convencer a alguien con manÃa persecutoria de que en una carrera como la San Silvestre Salmantina nadie sigue sus pasos. Además, estaba convencido de haber escuchado a mi espalda: «¡No le perdáis!».
Correr no es de cobardes, aunque el miedo hizo que fuera deprisa. Si hubiese tenido valor habrÃa saltado por el Puente Romano para escapar. Tampoco me atrevà a lanzarme desde el Puente Sánchez Fabrés y huir por el Tormes.
Me alcanzaron en la meta del Paseo de San Antonio. Llenos de admiración, dijeron que habÃa sido una liebre estupenda.
No podÃa imaginar que iban a invitarme a formar parte de su club de atletismo. Menos aún que, años después, jugarÃa a la oca con una hija, mÃa y de Olga, mi psicóloga. Ambas me enseñan a vivir sin injustificados delirios, a dejarme llevar por su buena corriente.