Que el mundo nos pertenecÃa y nada nos podÃa parar. Que nunca nos parecerÃamos a nuestros padres. Que la filosofÃa era una bobada. Que juntos abrirÃamos un bar. Que eso de correr no era para nosotros. Llegó la universidad y nos perdimos la pista. Tiempo para que cada uno llenase su mochila. Años que entre todos pintamos de ausencia. Pero las redes sociales hacen maravillas. Tres décadas después, aquà estamos los cuatro. En vÃspera de año nuevo y, según marca mi cronómetro, con un buen ritmo de carrera cuando pasamos junto a la Casa de las Conchas. Los recuerdos se agolpan en mi mente, como si cada pisada hiciera saltar una diapositiva. Me limpio el sudor de la frente y sonrÃo. Lo cierto es que nos equivocábamos en todo. O casi. Miro de reojo a mis viejos amigos y siento que nada nos puede parar.