La última persona que se hizo tres propósitos para el año nuevo fue mi abuela. El treinta y uno de diciembre se dispuso a cumplir el tercero. Con su blanco y flamante calzado deportivo, comenzó a recorrer los diez kilómetros en el casco urbano de la capital charra. La Unidad de Vigilancia del Ministerio de los Límites Personales, la detuvo cuando no había superado los doscientos metros en solitario, haciéndola volver sobre sus pasos. La pobre yaya, aunque sigue en activo vive en su mundo; sorda como una tapia. Todos los demás sabíamos que a partir de este año, el recién estrenado Ministerio de Trabajo y Rendimiento nos había permitido dos únicos propósitos: Trabajar y dormir.