Muchos le dijeron que estaba loco. Algunos se rieron de él sin vergüenza. Incluso su mujer le advirtió de que no lo hiciera. Pero él se mantuvo firme al ver cada dÃa cómo su personita especial volvÃa triste del instituto. No fue fácil. Por las mañanas entrenaba, por las tardes trabajaba y por las noches se desvelaba preparándolo. El dÃa de la carrera pidió a su familia esperarle en la meta. Ni la mirada desaprobadora de su mujer le hizo echarse atrás. En cuanto escuchó el pitido sonrió quitándose el abrigo. Corrió con los comentarios y miradas del público, centrándose solo en adelantar. Cuando al fin cruzó la meta llegó tercero. Se giró hacia su familia, encontrándose con sus ojos fijos en el vestido de rayas azules, rosas y blanca que llevaba.
—¡Se lo dedico a mi hija! —gritó mientras le daban el premio.
Ella lloró lágrimas de felicidad.