Un anciano salmantino de pro, reiterado héroe de la San Silvestre, estaba muriendo en su lecho y olió de pronto el aroma de su licor favorito, el brandy de Jerez, tantas veces degustado en sus dÃas de gloria. Se dejó caer de la cama; poquito a poco alcanzó, jadeante, la cocina. De no ser por su delicada situación, le habrÃa parecido llegar al cielo: ¡en la mesa habÃa preparado un banquete con su licor! Tras un esprint supremo, se empinó a la mesa, alargó su mano temblorosa, y ya estaba a punto de beber un sorbo cuando apareció su mujer y le sujetó el brazo diciendo:
¡Quieto ahÃ, que esto es para el funeral!
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