He tardado años en volver a oír el sonido de unas zapatillas golpeando el suelo.
Años de silencio, de pasos imaginarios.
Hoy, Salamanca me recibe como si nunca me hubiera ido: las catedrales brillan, el Tormes respira conmigo, y la Plaza Mayor parece guardar un hueco solo para mí.
No corro para ganar. Corro porque estoy viva. Por los días en que solo podía mirar por la ventana, por los que me ayudaron a creer cuando yo no podía. Por todas aquellas piedras de mi camino que fui sorteando hasta convertirlas en los peldaños que hoy me traen hasta aquí.
Cada kilómetro es una victoria secreta. Cada zancada, una reconciliación.
No sé si llegaré rápido, pero llegaré. Porque lo que he recorrido no está en el cronómetro, sino en los años que me trajeron hasta aquí.
Desde tan lejos.
Y por fin, conmigo.