Kaito se enfunda el pantalón y la camisa blanca, se ciñe el fajín rojo y se ata el pañuelo. Por fin va a cumplir su sueño: correr el encierro. El maldito GPS estuvo a punto de arruinarlo. Hay detalles que desconocía, como la inscripción o el dorsal. Asombrado, observa a una multitud de valientes; el cohete —que le parece un disparo— provoca que todos inicien una frenética carrera: nadie quiere ser empitonado. Corre como uno más; a lo lejos, los morlacos le parecen una manada de vacas disfrazadas. Sin embargo, cree percibir las embestidas e incluso escuchar los bramidos. El miedo espolea sus piernas, que, temerosas, corren a toda velocidad.
Le entregaron un trofeo por llegar primero —aunque él no entendía por qué, si había sido el cobarde más rápido—. Sin duda, lo habría cambiado por una leve cornada, solo para presumir ante sus amigos.