Diez años después de cruzar esa puerta por primera vez, todavía me quedaba la sensación
agridulce de la despedida que se aproximaba.
Había subido tantas veces esas escaleras, para adentrarme hacia el balcón, y observar esas
arcadas hermosas sobre las que caía el atardecer.
Hoy, la última vez.
Me senté en el piso y observé todo el vacío a mi alrededor. Ya no estaban los Stones
acompañándome; todo parecía no ser mío.
Sin embargo, esa casa tenía todos mis recuerdos.
Lágrimas y dolor.
Pero también acobijaba la felicidad de saber que, cuando entraste por esa puerta hace 5 años,
TODO había cambiado por completo.
Entonces entendí.
Haber cruzado el océano, había sido la mejor apuesta que pude hacer en mi vida.
Vos estabas en ella.
Con lágrimas en mis ojos, suspiré por última vez. Sonreí. Cerré las ventanas. Dije adiós.
Nuestra despedida fue un dolor dulce, con sabor a realidad.