Viajé en silencio, envuelto en sombras, con incertidumbre, sin saber de mi vida ni de mi destino. El trayecto fue largo, monótono, apenas interrumpido por el crujir de cajas y murmullos lejanos. Me sentía olvidado. Sin respuestas. Apenas intuía que mi existencia tenía un sentido. Solo un número dormía en mi piel, aguardando un despertar que parecía no llegar.
Hasta que un golpe seco rasgó mi encierro. La luz irrumpió, cálida, cegadora. Voces. Risas. Aire. Pasos acelerados. Sentí que algo importante estaba por suceder.
—Seiscientos setenta y siete… seis — grita alguien. Me estremecí. ¿Era yo? Sí. Me arrancan del montón, me entregan.
Una mano me toma con cuidado. Me abraza, siento el latir de su pecho y su sentir se volvió también el mío.
Entonces lo comprendí, correría la Sansil. Era el 6776: dorsal y destino.