Como cada diciembre, aprovecho que la atención de todos en la ciudad está puesta en la San Silvestre y abandono el lugar donde paso el resto del año. Lo hago solo, como siempre, y tras dejar a buen recaudo mi preciada posesión echo a correr hacia el Paseo de San Antonio.
El que muchos vayan disfrazados hace que pase desapercibido. Y con una sonrisa aún mayor que la habitual llego pronto a la salida, donde comienzo a hacer de las mías. A unos les desato las trencillas, a otros, ya en carrera, les hago tropezar, e incluso asusto sacando la lengua a algún niño del público. Luego, cuando pasamos frente a la fachada de la Universidad, me escabullo entre las callejas y voy a la catedral. Allí me acerco al tipo serio de la escafandra, que me devuelve mi helado, y así, de nuevo, me convierto en diablo de piedra.