El barullo atravesó el cristal y se metió debajo de la frazada que tapaba mis orejas, despertó mi curiosidad y me arrancó de la cama.
Entre aturdido y molesto, pegué mi nariz sobre el vidrio helado. ¿Qué eran esos golpes en el suelo? ¿Caballos?
Afuera se agolpaba la gente. No alcanzaba a oÃr lo que gritaban, pero recordé que mi abuela hacia dÃas que hablaba de una carrera que pasarÃa por la puerta de casa.
– ¡Vamos, Pedro! gritó mi abuela.
Y como si de una orden se tratara, me calcé torpemente las zapatillas y salà saltando en una pierna, en pijama y todo despeinado, atravesé la puerta de calle y salà corriendo como un loco por la acera, en paralelo a los atletas.
En la esquina y con la lengua afuera me propuse un dÃa correr con ellos. Apenas cumpla los 10 y me dejen cruzar la calle solo.