Diez diciembres contempló Salamanca este pacto entre un hombre y su sombra. Hoy, sus piernas —antiguos traidores convertidos en cómplices— escriben sobre el adoquín una caligrafía sin fin.
A lo lejos, su nombre se evapora en el aire frío. Lleva el cincuenta a la espalda: número que mañana dejará de ser vacío. Diez inviernos le enseñaron que el fracaso es solo un desvío.
Esta vez no hay San Silvestre que lo conmine a rendirse, ni catedral que recoja su llanto, ni multitud que lo encuentre entre el sollozo y quebranto. El cuerpo aprendió que lo que llamó cobardía era rebeldía, y solo ahora comprende esa sinfonía. Llega primero, aunque la victoria es apenas un breve latido. Corrieron con él los diciembres perdidos, como tantos nombres en el aire repetidos.
Llega primero, más jamás corrió solo. Con él corrieron sus fantasmas del calvario, sus diciembres derrotados por el tiempo contrario.