Su paso firme y veloz me sorprendieron. Ver correr a mamá por vez primera fue un momento mágico. Su mirada concentrada al frente me produjo curiosidad; ni siquiera el bullicio del público le distrajo durante la carrera, mucho menos el sudor que escurría por su frente nubló su camino.
Otras personas iban delante y atrás de ella, sin embargo, destacaba del grupo. Su característica tenacidad se hizo presente durante esa justa atlética.
Alguna vez, aun siendo niño, le pregunté por qué le gustaba correr; sólo atinó a responder que de esa forma olvidaba los problemas y se relajaba un poco. Pensé que si mamá podía correr diez mil metros sin detenerse, como en aquella competencia, todos sus problemas se disiparían.
Entonces, verle cruzar la meta me llenó de alegría. Su cara era un poema, entre el cansancio y la sorpresa de saberse ganadora del primer lugar. Ella es mi madre.