El gentío rugía en la Plaza Mayor. Yo ajusté mi gorra con el escudo del Real Madrid —mi casco de gladiador— y miré al frente: el enemigo era numeroso, pero ninguno llevaba ruedas. Don Aurelio, sudaba antes de empezar; no entendía su miedo, yo era el que competía. Al sonar el disparo, las piernas de Aurelio giraban como hélices y yo sentía el viento cortarme la cara, los vítores empujándome más rápido.
Algunos nos adelantaban y yo los bendecía desde mi trono con ruedas. A mitad del puente me dio por gritar: “¡Vamos, que ganamos!”. Aurelio gruñó algo, pero siguió.
Cuando cruzamos la meta, levanté los brazos. Me declaré vencedor universal. Aurelio lloraba. Entonces le di mi medalla imaginaria. La verdadera victoria era suya.