Llevaba el dorsal 606. No recuerdo bien en qué año corrí la San Silvestre Salmantina. No sé si fui verbo o adoquín. Sé que corrí como un reloj que marcaba la hora del revés y con unas zapatillas hechas de uvas fermentadas. A mi lado, un joven levitaba con disfraz de campana recitando versos de Quevedo. El público, formado por estatuas de piedra que lloraban brandy, aplaudía sin manos.
Y al cruzar la meta, fui aire. Pude brindar con una copa de Arribes. El reloj marcaba las horas adoquinadas. Mis zapatillas se fundieron con el brandy vertido por aquellas estatuas, el joven perdió su disfraz de campana y Quevedo me habló: «Corre más allá del Tormes, porque el verbo eres tú».