Llevaba meses preparándome para la San Silvestre Salmantina…
Meses de duro entrenamiento, levantándome a las seis de la mañana para poder entrenar a luz del alba, para poder entrenar antes de ir a trabajar. Correr me da la vida, pero no me permite vivir y debo encerrarme entre cuatro paredes, donde me falta el aire. Ese aire que inunda mis pulmones a cada bocanada que doy para recuperar el aliento, tras el esfuerzo, tras la carrera. Me siento libre mientras corro, dicen que correr es de cobardes. Yo me alegro de ser uno de ellos.
Ahora mientras espero en la línea de salida, rodeado de cientos de participantes, ansió atravesar el puente romano y pasar junto a la catedral que se recorta en el horizonte. Presumo de dorsal, convencido de que sería capaz de vender mi alma al diablo por poder participar en esta carrera el resto de mi vida…