No iba a correr. Iba a estar en la mesa de dorsales, como cada diciembre, viendo pasar el frío y las sonrisas. Pero faltó una chica y el del club me puso el 777: “tú conoces el recorrido, anímate”. Me até las zapatillas temblando más por dentro que por fuera. Al dar la salida, la marea me tragó. Pensé en mis pacientes mayores, los que repiten “yo ya no estoy para eso”. Apreté. Últimos metros, campanas, gritos. Crucé la meta con los brazos arriba. Una niña me dijo: “¿tú también ganaste?”. Le dije que sí, gana quien llega. Y comprendí por qué cada año volvemos: no es la carrera, es despedirnos corriendo del año que no volverá. Juntas, la ciudad y yo, prometimos seguir llegando mientras quedara diciembre y alegría.