Cada espalda guarda una historia; cada dorsal encierra un microrrelato:
#157, por papá.
#305, por esa promesa que nunca caducó.
#514, por mi Dios, que corría antes que yo.
#581, porque no tengo Dios, pero sí asfalto.
#220, por esa sensación de victoria que no se mide en segundos.
#845, por los días en la cuarta planta.
#192, por los que no están y empujan desde el aire.
#193, por los que vendrán y aún no saben correr.
#367, por ese reto que me susurra: «hazlo».
#838, por los triglicéridos domesticados.
#462, porque me da la gana y porque el año se acaba.
#253, porque sí, sin motivo y con todos.
Y entre todos ellos, uno sin número: #SAL, por SALir, por SALamanca, por los que corren y los que esperan, por contar corriendo los relatos de quienes viven corriendo, por ese instante compartido, por la meta que nos une.