27 DE DICIEMBRE DE 2026

Para mis hermanas todo eran objeciones: el esfuerzo, la multitud, el riesgo de una caída. Les parecía un despropósito, una locura. Mi madre, sin embargo, lo celebró como una proeza y, al ver lo que traía en la mano, se le iluminó el rostro.
Era difícil imaginar a mi padre, en el otoño de su vida, tomando esa decisión. El esposo anodino y servicial, el coleccionista de tacitas de porcelana, el hombre sin grandes afanes. El mismo a quien solo un mes antes le habían diagnosticado de alzhéimer.
Allí estaba, con una sonrisa de lado a lado, con su chip y su dorsal de la San Silvestre salmantina.