Para mis hermanas todo eran objeciones: el esfuerzo, la multitud, el riesgo de una caÃda. Les parecÃa un despropósito, una locura. Mi madre, sin embargo, lo celebró como una proeza y, al ver lo que traÃa en la mano, se le iluminó el rostro.
Era difÃcil imaginar a mi padre, en el otoño de su vida, tomando esa decisión. El esposo anodino y servicial, el coleccionista de tacitas de porcelana, el hombre sin grandes afanes. El mismo a quien solo un mes antes le habÃan diagnosticado de alzhéimer.
Allà estaba, con una sonrisa de lado a lado, con su chip y su dorsal de la San Silvestre salmantina.