Mi pequeña hermana me miró a los ojos y con firmeza me dijo:
─Corramos.
Apenas tenÃamos puestas unas viejas zapatillas gastadas. No estábamos preparados, no habÃamos entrenado, pero nada nos importó. Corrimos sin parar, sin mirar atrás.
Mientras tomábamos velocidad y el viento nos secaba las lágrimas, agitados y casi sin aire hacÃamos un gran esfuerzo por no claudicar.
Aquel dÃa fue el miedo el que nos impulsó a correr. De ese modo, mi hermana y yo escapamos de aquella casa que nunca fue un hogar. Nuestra meta, fue en ese entonces, encontrar la paz.
Ahora, 20 años después, estoy parada sobre la lÃnea de salida en la San Silvestre Salmantina, nuevamente, me acompaña mi hermana. No hay miedo, ni lágrimas. ReÃmos triunfantes, sabemos que la meta está alcanzada.