Le abrochó primero las zapatillas a ella, subiéndole los calcetines hasta las rodillas. Tenía 9 años y estaba preparada para comerse el asfalto. Celebró el ritual de colocar ambos dorsales. En el ascensor hicieron algunos estiramientos. Salamanca estaba a rebosar. Otros, como él, ya se preparaban trotando para el último evento del año.
Mientras cruzaba la meta de la mano de la niña recordó competiciones de otras décadas, a su hijo ganando años atrás, la persistencia de su nieta para acompañarle este año. Con una medalla al cuello cada uno, regresaron a casa. Después de cenar le mostró a la niña una caja de lata. Dentro, se apelotonaba una colección de números y nombres. Guardaron los dos dorsales dentro. Había corrido la san Silvestre salmantina 30 veces más, en todas sus ediciones, aunque era la primera vez que lo había hecho tan bien acompañado. Se juró repetir aquel hallazgo.