Nadie parecía notar que algo extraño sucedía. Los corredores avanzaban por los adoquines de Salamanca, pero los pasos de algunos desaparecían al tocar ciertas piedras. Otros sentían que el viento los empujaba suavemente, como guiándolos. La señal de salida cambiaba de lugar cuando nadie miraba, y el confeti caía en patrones imposibles, formando palabras que se deshacían al leerlas. Nadie decía nada; la carrera era tan divertida como desconcertante.
Al cruzar la meta, un murmullo recorrió la torre de la Clerecía y encendió las farolas de Canalejas. El confeti, aún suspendido en el aire, formó un último mensaje:
– Gracias por dejarme correr con vosotros.
Entonces lo comprendieron: Salamanca no son solo piedras, calles ni edificios. Vive en cada rincón, en cada risa, en cada sombra. Y mientras la niebla caía, la ciudad abrazó a los corredores con un latido silencioso, recordándoles que siempre estaría viva.