Corrió sereno, imperturbable, con la victoria como único objetivo. Corrió ajeno al frÃo, a los gritos de ánimo, a los propios latidos de su ambicioso corazón. Y cuando la niebla cubrió todo lo que le rodeaba, siguió corriendo. Corrió hasta que el instinto le dijo que la meta estaba próxima. Solo entonces se permitió mirar hacia adelante, pero no consiguió ver nada, a excepción de un viejo hombrecillo que parecÃa esperarlo con una sonrisa indescifrable. Exhausto, se detuvo junto a él. “Bienvenido a la Cueva de Salamancaâ€, le oyó decir. Fue entonces cuando supo que habÃa ganado y perdido a la vez.