Las piernas pesaban toneladas, los pulmones ardÃan. El reloj marcaba los segundos que lo separaban de la meta. ¿PodrÃa más? Dudó un instante, pero al ver a los niños animando desde las aceras, recordó por qué corrÃa. La San Silvestre era más que una carrera; era una tradición. Con un último esfuerzo, cruzó la lÃnea de meta. La medalla colgada en su pecho era un premio a su esfuerzo, pero más aún, a su espÃritu.
El gentÃo lo ovacionó, una ola de calor humano que lo envolvió. La euforia inicial dio paso a la sensación de satisfacción. Lo habÃa logrado, pero más allá de eso, habÃa conectado con algo más profundo: la comunidad, la superación personal, la alegrÃa de compartir un momento único. Al mirar hacia atrás, vio la ciudad iluminada, las luces navideñas titilando como pequeños fuegos artificiales. Salamanca, se habÃa convertido en su mayor aliada.