Revisó el paquete de tabaco y comprobó que sólo le quedaba un cigarrillo. Se lo fumarÃa después de ganar al dÃa siguiente la San Silvestre Salmantina, una cuenta pendiente desde hacÃa treinta y ocho ediciones. SÃ, era el participante más fiel a la carrera, pasando por todas las categorÃas, y a sus 69 años aún conservaba esperanzas y energÃas para conseguirlo. Se veÃa con posibilidades.
Los colegas le preguntaban cómo un fumador empedernido terminaba la prueba cada año. Su respuesta era concluyente: sólo las ganas de correr, aunque fuera con los pulmones negros. Pero le faltaba vencer. A su esposa le hizo una promesa: el 31 de diciembre darÃa la última calada. De hecho, tenÃa comprados los parches de nicotina y habÃa dejado un hueco en el aparador para el trofeo. A punto de alcanzar la meta, alejado de la victoria, pensó en dónde habÃa escondido otra cajetilla.