El sonido de los pies golpeando el asfalto de la San Silvestre, le recordaba a su hija Olga, atleta de pro. Cada paso la llevaba más cerca de la meta y, con ello, a un último homenaje. Olga no estaba allÃ, pero algo suyo permanecÃa.
A pocos metros de la meta, un joven pasó a su lado, con el aliento entrecortado y la mirada clavada en el horizonte. Ella lo reconoció. Aarón. El receptor del corazón de Olga.
Sin decir palabra, ambos cruzaron la meta al mismo tiempo. El mundo parecÃa detenerse. Se miraron, él jadeante, ella en silencio. En sus pechos, un latido fuerte, sincronizado, como si ese corazón los uniera. En ese momento, sintió que su hija seguÃa corriendo, que su corazón seguÃa vivo. Sin necesidad de palabras, supo que ambos habÃan llegado juntos a la meta, y que Olga, en cierto modo, también acababa de ganar.