Inhalo. Cojo todo el aire que puedo. Puedo ver la meta salmantina, pero mi cuerpo se está calentando demasiado tras cincuenta y siete minutos corriendo. En estos momentos me acuerdo de López insistiendo en que jamás se me ocurriera alcanzar la hora. “PodrÃa resultar mortalâ€. Es lo que dijo el doctor López.
Mi pulsómetro no deja de pitar y decido tirarlo al suelo. Su sonido es sustituido por el de mi corazón bombeando sangre y me felicito irónicamente por la decisión. No siento los dedos de mis pies; es lo que pasa cuando tienes esclerosis múltiple y llevas sesenta minutos corriendo. Lo siguiente es el desmayo o, en el peor de los casos…bueno, ya sabes.
Sesenta y uno.
Mis piernas están dormidas por completo, mi vista se nubla y mi padre recoge mi cuerpo en el aire mientras se lleva por delante la cinta de la meta al caer.