27 DE DICIEMBRE DE 2026

Inhalo. Cojo todo el aire que puedo. Puedo ver la meta salmantina, pero mi cuerpo se está calentando demasiado tras cincuenta y siete minutos corriendo. En estos momentos me acuerdo de López insistiendo en que jamás se me ocurriera alcanzar la hora. “Podría resultar mortal”. Es lo que dijo el doctor López.
Mi pulsómetro no deja de pitar y decido tirarlo al suelo. Su sonido es sustituido por el de mi corazón bombeando sangre y me felicito irónicamente por la decisión. No siento los dedos de mis pies; es lo que pasa cuando tienes esclerosis múltiple y llevas sesenta minutos corriendo. Lo siguiente es el desmayo o, en el peor de los casos…bueno, ya sabes.
Sesenta y uno.
Mis piernas están dormidas por completo, mi vista se nubla y mi padre recoge mi cuerpo en el aire mientras se lleva por delante la cinta de la meta al caer.