27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cada San Silvestre Salmantina cuenta con su propia historia, pero aquella vez, Salamanca latía al unísono. Sara, que apenas podía correr cien metros el año pasado, se alineó entre cientos, sintiéndose novata y nerviosa. Recordó a su abuelo, que en cada Navidad le contaba cómo corría esta misma carrera hasta que su salud le impidió seguir. Paso a paso, Sara sintió el empuje de la multitud y la voz de su abuelo acompañándola.

El último kilómetro parecía eterno, sus piernas ardían de dolor. Pero a lo lejos, entre el público, creyó ver a su abuelo saludándola con la misma sonrisa que recordaba de niña. En ese último sprint, Sara comprendió que no corría sola: con ella iba el esfuerzo de todos los que alguna vez la apoyaron y el alma de cada corredor.

Al cruzar la meta, entendió que la victoria no era llegar la primera, sino no rendirse nunca.