Cada San Silvestre Salmantina cuenta con su propia historia, pero aquella vez, Salamanca latÃa al unÃsono. Sara, que apenas podÃa correr cien metros el año pasado, se alineó entre cientos, sintiéndose novata y nerviosa. Recordó a su abuelo, que en cada Navidad le contaba cómo corrÃa esta misma carrera hasta que su salud le impidió seguir. Paso a paso, Sara sintió el empuje de la multitud y la voz de su abuelo acompañándola.
El último kilómetro parecÃa eterno, sus piernas ardÃan de dolor. Pero a lo lejos, entre el público, creyó ver a su abuelo saludándola con la misma sonrisa que recordaba de niña. En ese último sprint, Sara comprendió que no corrÃa sola: con ella iba el esfuerzo de todos los que alguna vez la apoyaron y el alma de cada corredor.
Al cruzar la meta, entendió que la victoria no era llegar la primera, sino no rendirse nunca.