En los últimos metros, cuando ya no quedaban más fuerzas que las del impulso, lo sentÃ. No era fatiga, ni frÃo, sino la certeza de que algo, o alguien, me seguÃa. No miré atrás. Nunca lo hacÃa. SabÃa que en las carreras uno no mira atrás, que la distancia siempre se mide hacia adelante.
El ritmo de mis piernas no era mÃo. Era como si hubiera cedido el control a un pulso más viejo, más profundo. En las esquinas, las sombras de los edificios parecÃan inclinarse, observando, expectantes.
Aceleré. Quise terminar antes de que él —quienquiera que fuera— me alcanzara. Al cruzar la meta, respiré hondo. Pero algo faltaba. No el cansancio, no la gente. Era como si la carrera aún continuara, invisible, dentro de mÃ.
Tal vez nunca dejé de correr.