El metro estaba repleto a las 6 de la mañana. Como siempre habÃa mujeres maquillándose, niños adormilados y estudiantes perdidos en sus celulares. Sintió un ambiente extraño en ese último vagón. Un joven lo observaba lascivamente. El intercambio de miradas lo puso nervioso; nunca habÃa experimentado el deseo de acariciar a un hombre. Pero era un muchacho guapo, delgado y aunque como cualquier otro, con una belleza encantadora.
El muchacho sonrÃo y le hizo una especie de mueca que no entendió. ¿QuerÃa que se acercara? Pero sus piernas no se lo permitÃan; estaba paralizado y excitado. No podÃa hacerle eso a Daniela que no le iba a perdonar otra infidelidad, ¡mucho menos con un hombre!
Bajó la mirada y entre sus pensamientos dubitativos las estaciones pasaron. Cuando por fin se habÃa dispuesto a acercarse buscó nuevamente los ojos del joven, pero ya no estaba.