La vista fija en la meta, la zancada larga, el pecho abombado, captando hasta la última brizna de oxÃgeno posible, en aquel esfuerzo supremo. Los clamores de un público entusiasta se elevan hacia el azul cielo salmantino, en el que sólo desentona un fino velo negro, que sobrevuela la escena, presagiando un mal augurio.
Los trazos son firmes y precisos, pues ha tenido mucho tiempo últimamente para dedicarse en cuerpo y alma a la pintura. Desde el ventanal domina toda la plaza, donde está situada la lÃnea de meta. Tan solo se le resiste la sonrisa del vencedor, él ya apenas sonrÃe. DesvÃa un momento su atención al abollado casco motero que reposa a su lado, y se recuesta triste en su fiel compañera, la silla de ruedas. Pero por fin sonrÃe y acaba el cuadro, pues tiene la certeza de que a partir de ahora todo irá sobre ruedas.