Ambos esperan en el hall de aquel hotel de las afueras.
El historiador presta atención a las venas atrapadas que el atleta esconde entre su escasa carne y a la evidente musculatura que deja entrever bajo su corto pantoloncito. Observa las pulcras zapatillas que calza y le asombra lo magro pero elegante de su rostro.
El atleta, por su parte, está concentrado en intentar evadirse de presiones. Ya sabe que encontrará charcos y que la carrera será dura desde el comienzo. A pesar de su concentración no cesa en observar al tipo que tiene enfrente. Le resulta gracioso el panamá que lleva puesto y no recuerda haber visto tantos bolsillos en una cazadora. También le parecen raros los cinco o seis tomos sobre Renacimiento que lleva consigo asà como la bolsa que reposa junto a él y desde donde asoman brochas y escoplos.