Pasó junto a mí como una exhalación, ganando posiciones con una naturalidad pasmosa, diríase que sin esfuerzo. Trotaba grácil, rítmico y abstraído del entorno, un auténtico atleta zen. Además de sus cualidades físicas, destacaba por su magnífica caracterización, nota de color que sumaba a sus virtudes deportivas el afán participativo en la San Silvestre Salmantina.
Estimulado por su ejemplo, redoblé mis esfuerzos para no perder comba. Apenas quinientos metros nos separaban de la llegada, y él no aflojaba el paso. Por el rabillo del ojo vi acercarse a dos más. Su paso acompasado y la sincronía de sus indumentarias me hizo temer lo peor: ¡formaban equipo! No tardaron en superarme, avanzando a pasos gigantes.
La llegada fue apoteósica. Unos segundos apenas cruzada la meta, el atleta zen pataleaba bajo los dos perseguidores, que le redujeron y maniataron en un santiamén. El chorizo fue descalificado, y yo gané.