Todos los años se empeñaba en quedar el último en la San Silvestre salmantina. No era una tarea fácil, pues siempre habÃa alguien que le disputaba el farolillo rojo. Pero ahà estaba él, cerrando la clasificación con una marca de bochorno. Lo hacÃa por guasa o, tal vez, para despertar la admiración de sus hijos por su constancia, que es la madre de todos los éxitos, tal como les habÃa inculcado.
Hasta que aquel 29 de diciembre de 2024 encontró la horma de su zapato: una tortuga boba, un espantapájaros que se negaba, incluso, a dar el primer paso.
–Yo de aquà no me muevo.
–Ni yo tampoco.
Para asegurarse la victoria, los dos no-corredores achicaron sus sombras y dejaron de respirar hasta que concluyó la carrera, por si el jurado medÃa el calibre de sus alientos. Una corona «ex aequo» conmemoró su triunfo en el tanatorio San Carlos.