Sebastián tiene 86 años se apunta con una sonrisa a la San Silvestre Salmantina, cómo cada año. Comienza en la salida con una cadencia lenta, pero cada zancada es un poco más ligera que sus recuerdos.
La carrera avanza y el murmullo de la Plaza Mayor le roba el aliento. A mitad del recorrido, una nube de desconcierto lo envuelve. Se detiene y se sienta en un banco de piedra, frío y familiar. Era el mismo banco dónde esperava que su madre saliera de trabajar limpiendo en casa de Don Mirat. Sebastián sonrié, sus viejas y agotadas piernas han dicho que basta, pero el recuerdo de su madre le da fuerzas para abandonar tranquilo.