Al final de la última recta, mientras tomo aire por la boca, le veo, justo detrás de la meta. Avanzo los últimos metros, me impulsa el sonido de aplausos y gritos, el deseo de lanzarme a sus brazos. Yo misma me sorprendo de la intensidad con la que aprieto mis labios sobre los suyos, de la fuerza de mis brazos delgados alrededor de su cuerpo. Huele a aire fresco, a los árboles de la ciudad y más cerca, a su pelo. Cualquier dolor queda atrás, y en el centro del mundo está el beso.