– Quédate el chubasquero.
No llueve desde hace meses. En la calle, cuarenta grados. Retiro su bata y simulo atarle las zapatillas de andar por casa. Es la señal. Se incorpora del sillón, lucha por la verticalidad.
– Hace frío –frota sus extremidades-. Diciembre es así.
Intenta trotar en estático, pero apenas levanta los talones.
– Preparados, listos… ¡ya! – le indico.
Más rápido, más fuerte. Frunce el ceño.
Más rápido. Más fuerte. Los músculos empiezan a reaccionar.
Más rápido. Más fuerte. Fuego en la mirada.
Hago de speaker:
– ¡Tenemos ganador de la San Silvestre salmantina! ¡También subcampeón! ¡Atentos al tercer puesto, final al sprint! ¡Tercer cajón para Nicolás García!
Mi abuelo jadea. Mi abuela sonríe. Le coloca su medalla, corroída con los años junto al avance del alzhéimer. Enhorabuena, Nico. Metal convertido en oro, tras repetir el beso que preside el comedor desde entonces.