27 DE DICIEMBRE DE 2026

Antes de devorar las uvas y empacharse a champán, otro deber mucho mayor me llama. Me enfundo las zapatillas, a las que Matusalén vio nacer, y me subo los calcetines hasta casi las rodillas.
Salgo del piso de estudiantes, llaves en mano, y escruto mi reflejo en el espejo. Cual bandido, me cubro el rostro con la bufanda. El cuerpo me suplica un resguardo ante el frío, pero el abrigo permanece colgado en el perchero de casa.
El ascensor baja pisos, al igual que el 2024 ha consumido los días. Por fin es 31 de diciembre. Por fin es la San Silvestre Salmantina.
Dos jóvenes, uno seminarista y el otro a una nariz pegado, me esperan, vestidos totalmente de negro. Llevamos un dorsal adherido al abdomen. Chocamos los puños, y ponemos rumbo al Paseo San Antonio.
3577, 3578 y 3579.
El bueno, el feo y el malo.
¿Quién llegará primero?