El reloj marcaba el deje de año y el comienzo de cosas nuevas. David corría por las frías calles de Salamanca. El viento le arañaba, pero él seguía con fuerza. Las luces de navidad eran notorias y adornaban las calles.
Su hermana gritaba su nombre animándolo con emoción. Él, con la respiración entrecortada seguía, no lo hacía por ganar sino para demostrarse a sí mismo que podía.
Al cruzar el Puente Romano sintió como el aire lo empujaba como si lo ayudara a seguir. Cuando vio la meta, a lo lejos en la Plaza Mayor, ya no intentó correr contra el tiempo, sino que corría contra su cansancio. Al terminar, levantó los brazos, estaba orgulloso de sí mismo. Divisó a la gente, cansada, abrazando a sus familias y amigos. Ahora estaba claro, no corrían para ganar sino para confiar en sí mismos. David y sus hermana sonreían ampliamente.