Tenía una rozadura entre las piernas que no me dejaba correr. Seguía quieto, en esa posición de atleta perdido entre tanta gente, con miles de pasos todavía por dar, con muecas y desmayos. “Ahí viene El cangrejo”, gritaron al verme pasar por el kilómetro 5. No parecía que un amigo supiese lo que me gustaba, lo que se deshace cuando se acerca a la meta. Escuché a la gente. Si era el cangrejo, todavía me quedaban 5 kilómetros más para demostrar que estaban equivocados. Y cada vez me pican más las piernas.