La puerta de hierro que franquea la puerta de salida está cerrada.
Me coloco frente a ella.
Respiro hondo.
Llevo diez años encerrado en la cárcel esperando este día.
La puerta comienza a deslizarse lentamente de un lado para el otro.
Queda completamente abierta.
Al otro lado, me espera el claro de la libertad.
Comienzo a caminar.
A mis espaldas oigo el chasquido de la puerta al cerrarse de nuevo.
Salgo a la calle y comienzo a entrenar mis agarrotados músculos.
Estiro piernas, flexiono rodillas, realizo unas flexiones…
Miro la hora en el reloj.
Tengo que darme prisa para llegar a tiempo.
Apresuro el paso y comienzo a correr al trote.
Llego puntual a la línea de salida y me entregan un dorsal.
Ahora soy un corredor y no un preso.
Lloro de emoción.
Mi sueño de correr en la carrera San Silvestre Salmantina está apunto de cumplirse.